José conoció a María en un ascensor de vecinos, un espacio demasiado estrecho para conocerse. El día que coincidieron llovía, era una tormenta muy intensa del final de verano. Ella vestía una camiseta pegada a la piel, muy pegada por el empape del agua, tan pegada que definía los desnudos pechos y clareaba el color blanco donde su cuerpo no había sido bronceado. Sus pezones amenazaban. La camiseta quedaba por encima de una corta falda tejana, supo José después que tampoco vestía nada más debajo. A los pies unas chancletas, cómo indicaba la temporada.

María alcanzó la puerta del ascensor después de José. Su voz resonó en el vacío del vestíbulo y parte de la escalera. José la esperó antes de cerrar las puertas de madera y cristal del viejo ascensor. Cuando María entró en la cabina lo hizo sofocada, por supuesto húmeda, con el pelo pegado a la cara, milagrosamente sin hilos de rimel y labios brillantes en color púrpura. Los ojos de María proyectaban una mirada profunda que empujó a José hasta el infinito de la cabina. Cuando hubo entrado, cerró las dos puertas a la vez, con las dos manos a la vez, soltando los tiradores desde la espalda. Los pechos, peor que desnudos, atacaron a José. Las piernas delictivas, se acercaron a él.

José iba al tercero, al piso de soltero que había heredado temporalmente de su abuelo. Sin embargo subió tres plantas más, hasta el ático. Fue María quien en respuesta a la simpatía de José optó por dirigirle directamente al ático. José no recordaba haberla visto por el edificio, pero eso no importaba, en ese instante no sabía siquiera pensar en preguntas sobre la convivencia de la comunidad.

Supuso José que María había alquilado el ático a un turco que poco se dejaba ver, de quien escuchó decir por su vecina que viajaba a menudo a Bursa para atender ciertos asuntos secretos de familia. Las vecinas y sus tiempos libres son prefectos para inventar cosas. José tuvo la sospecha de que ella había vivido secretamente retenida por el turco, una de esas imaginaciones tan proclives en la fantasía adulta. Al fin y a cabo la vieja vecina estaba chocha, y puestos a desvariar mejor lo hacía a su favor.

El piso del turco conservaba toda la decoración, era incluso evidente en su ausencia el olor de las hierbas fumadas, parecían acabadas de fumar. Al parecer, María se mostraba encantada con el piso arrendado, era como entrar en otra dimensión, así se lo hizo saber a José de manera intensa. Él adoptó con demasiada rapidez cierta costumbre por visitarla, pensaba que así mantendría el ambiente de reposo que el piso de su abuelo le ofrecía. Al final solo fueron un par de días. Con la misma rapidez que sucedían las cosas con María dejaría luego de visitarla.

El día que José conoció a Maria pudo descubrir que el nombre de ella no era razón suficiente para imaginarla virgen, a María le gustaba el sexo y gustaba de dejarlo evidente cuando encontraba a un hombre de su apetencia. En breve supo José que María no era mujer de paso sino de las que indagan hasta lo más hondo de un hombre, hasta arrancarlo de la estática corrección y lograr enloquecerlo con la perenne aparición de bucles vividos.

María pulsó el botón del ático mientras deformaba el escote entre los tirantes de la camiseta de algodón blanco. Con los pechos mojados de lluvia fuera del escote, fue directa a sujetar las mejillas de José y le besó. Los senos de María abultaban con obscenidad sobre la deformada prenda, manchando la camisa de José.

El primer beso a José fue un beso cautivo. Viniendo de una desconocida lo sintió demasiado lleno de ganas, de una pasión drogadicta cuya característica más brutal era la lentitud y extensión de la acción. Ella no se entregaba, le estaba llamando al delirio y confusión.

El ascensor subió las seis plantas en habitual lentitud e inconfundible sonido del retenedor, chocando contra los salientes metálicos que indicaban cada planta vencida. Al llegar arriba ya mantenía a María sujetada por detrás de la cabeza, sin permitir que la cara de ella se distanciase de la entrepierna, dirigiéndola para que la terca boca volviera a engullirse su polla.
Logró correrse, incluso temeroso de que alguien llamara el ascensor de bajada. Ella se lo tragó todo, no retiró la boca e incluso profundizo el miembro en su cavidad hasta alcanzarle la garganta. Después, ella mostró cierto desplomo irreverente, un tanto grotesca por continuar con los pechos fuera acertando sobre ellos el esporádico goteo del miembro que acababa de exprimir, mirándole con la cabeza ladeada y un atractivo desprecio grabado en el gesto de labios y ojos.
Con simpleza, usó del dedo gordo para liberar el tensado escote bajo su voluptuosidad, logrando de inmediato que los senos quedasen cubiertos. Pasó la mano bajo la falda buscando la excitación e impregnó la verga de José con los flujos emanados durante la felación.

María se levantó, salió del ascensor, dejó las puertas abiertas, dejó a José con más ganas, sacó las llaves de un minúsculo bolsillo trasero, abrió la puerta del ático, se levantó la corta falda y fue cerrando la imagen de las calientes nalgas, tentación de él.

José no había sido nunca de actos impulsivos, más bien aceptaba de otros sus comportamientos y se auto convencía de que había mucha gente distinta a él. Quedó inmóvil un par de minutos más, los que necesito su miembro para recuperar la flacidez. Devolviendo al refugio la verga, recompuso su aspecto y pulsó el tercero.

Entró en la casa del abuelo, ahora su casa, cuyo uso había heredado por algunos años, el lugar de reposo y calma donde desarrollar la tranquila vida de soltero planeada. José se duchó alargando el tiempo habitual, retornando de sus manos las sensaciones de hacía un rato, como suele hacerse con la perturbación para descifrarla sin éxito. Lógicamente afectado, paso mala noche. De madrugada, aún inquieto por sentir que algo había quedado pendiente entre ellos, decidió resolver las dudas. Tomó aire, tomó valentía y a dos horas del amanecer, hizo sonar el ascensor de la comunidad en el abandono de los rellanos, mientras ascendía por el desierto vertical hacia el oasis de hembra.

Con pijama de pantalón y camisa de botones estampados en Cachemire, uno de los pijamas del abuelo, plantó sus dudas delante de la puerta del ático. Nuevamente dos minutos, hasta que los nudillos declinaron el sonoro timbre por un suave golpear en la puerta.
María abrió inesperada y sobriamente vestida de calle, con medias que debían estar achicharrándola, zapato de tacón cómodo y diseño añejo, falda negra y un Pulligan veraniego azul cielo cuyo cuello cisne devolvía la virginidad aparente a la despejada expresión ofrecida por el recogido del pelo en cola de caballo.

Ella se retiró dos pasos ahogando las palabras, mostrando un teatral susto en la cara. En una primera valentía, José llevó la puerta a cerrarse con lentitud, hasta la sorda acción donde incluyó dos actos del pestillo. Le estaba esperando y todo sabía a juego.

Ella se pegó a la pared al tiempo que dejaba caer el bolso de líneas rectas y piel negra. José se acercó con tiento, pasó una mano por la cintura de María y buscó sus labios.
El beso no pudo alcanzar los labios silenciosos y evasivos de María. Él se quedó mirándola, entendiendo poco de la esquiva actitud que ningún sentido tenía en ese póstumo instante. Al no tenerlo claro, dio los mismos pasos hacia atrás y en la puerta, al cuarto de giro del pestillo y la otra mano sobre el pomo, fue detenido por la pregunta de ella.

-¿Nunca lo has hecho?

José, confundido, no pudo contestar, solo girarse para mirarla mientras le hablaba.

-…ya sabes, forzar a una mujer.

José negó con la cabeza.

-No te preocupes, yo te enseñaré.

Aquellas palabras hicieron cambiar de idea a José sobre lo conveniente de marcharse. El hecho de estar ella vestida para salir y él entrometido en la noche con disfraz de descanso, le arranco cierta punzada de inquietud bajo el vientre. Iba demasiado ligero para no dar evidencia del deseo. Volvió sobre los pasos e intento interpretar lo que María le pedía.
Un abalanzado intérprete de sed sexual usó de los gestos más rudos para hacer saber a la hembra de su presencia y apetencia.

María volvió a interpretar el callejón sin salida que era el tapizado de kilims en la pared del pasillo. Simuló una primera lucha donde sus manos eran sujetadas por las de José, buscando sacarle todas las fuerzas escondidas para superar la resistencia que ella le ofrecía. José consiguió ganar, o eso creyó, manteniendo un brazo de ella sujetado en alto por la muñeca y el otro doblado en la espalda, justo encima de las lumbares. El pecho de José se pegó al quemante de María, el aliento de José planeaba sobre la boca aún olorosa a su eyaculación, los ojos de José intentaban no ser superados por la osadía en los ojos de María.
Logrando doblegar el brazo en alto hasta juntar ambos en la espalda de ella, usó de la mano izquierda para indagar entre las piernas de la que jugaba a ser victima. Nada iba a ser fácil, panties y bragas dificultaban la consciencia de saberla húmeda.

Ella se lo pedía con la mirada, ordenaba el atrevimiento de romperle las prendas. Sin embargo a él sólo se le ocurrió decir: “te quiero”.

-Vete.
-¿Pero que te pasa ahora?
-Que te vayas.
-Esta bien, me voy.

-¿Siempre eres tan poco hombre?
-¿Qué dices?
-Que no tienes personalidad.
-Seguramente no.

“Te quiero” era lo último que María deseaba escuchar. Su mirada dura hacia José no mostraba la mínima comprensión sobre la incapacidad del vecino. La mirada de María insultaba a alguna parte del hombre, justo a la parte donde se encuentra el deseo sin remedio de satisfacer al conocimiento social de victima que hay en la mujer. María le retaba y provocaba, con mirada y afirmaciones acerca del contenido en la sangre de José.

-¿Seguramente no?, ¿lo dudas? Mírate, tienes delante a la mujer de tus fantasías, la viciosa inalcanzable de tu masturbación. Sólo porque quizás la manera que ella necesita para sentir placer te confunde la identidad bajo la falsa moral que no tienen tus sueños, decides quedarte ahí, delante de mí, temeroso de no saber donde vas a entrar. Eso es un problema de tu cabeza, no es el problema aquí.

-Tendrás que perdonarme, nunca he forzado a una mujer.
-Eso suena a ridícula dignidad. ¿Quieres decir que nunca te has dejado llevar un poco por el arranque visceral de una provocación que nadie más veía? Eres un ingenuo, habrás dejado insatisfechas a muchas.

-No voy a entrar en el juego de comentar mi vida socio sexual.
-Por supuesto que no, porque no tienes ninguna, es todo imaginación tuya al irte cada día con las manos vacías a casa.

-No se a donde quieres llegar.
-A que sepas darle a una mujer lo que necesita, a dejarle claro lo que tú puedes darle y es de derecho tomes para demostrar tu capacidad masculina.

-Hablas muy raro.
-¿Vas a hacerlo ahora, o tendré que gritar para que lo hagas?

-¿Qué es lo que quieres de mí?
-¡Viólame!.

-¿Pero para qué? No puedo entenderte.
-Para sentirme tuya sin remedio y luego decidir si te aborrezco.

-No sabría por donde empezar.
-Empieza volviendo a sujetarme y no te detengas, rásgame los panties, aparta mis bragas y hazme saber tu decisión. Cuando palpes mi coño no podrás parar y yo te estaré diciendo que no.

Esa noche José salió del paso como pudo, no con una nota muy alta al respecto de las expectativas violentas de María, pero triunfante al menos para el desahogo físico que María había tensado.

Después del juego, José intento volver a la manera que le era más natural, buscar la caricia del cuerpo, el beso y la mirada con sonrisa. Ella se mantuvo inerte contra la pared, sin girarse, ladeando la cara hacia el costado opuesto al que él pretendía dejar sus besos más cariñosos.
Quedó físicamente satisfecho, pero por dentro atormentado con la conducta de la extraña vecina.
Con la mano girando el pestillo volvió a mirarla. Continuaba María contra la pared, con los brazos en alto y el jersey recogido a la altura de sus codos sin salir de los antebrazos, tal cómo la había tomado, con los panties agujereados bajados hasta el medio muslo, la falda arremangada en la cintura y las bragas apartadas, clavándose la costura contra la nalga derecha. En medio de las piernas de María la herida viva y supurante que el ligero desplome de las piernas dejaba ver. La volvió a mirar una vez más antes de salir, casi vuelve para recoger el sujetador del suelo y cubrirle los pechos.
José sintió que no estaba allí, que para ella no había nadie más en la casa. Cerró la puerta y volvió a su cama.

Conocer a la gente es una tarea lenta y delicada que merece mucho de actitud, de prudencia al tiempo que naturalidad y sinceridad en la medida proporcional a la que se avanza, pero conocer que hace uno con la gente es algo mucho más complicado al ser posiblemente modificada la conducta por la conducta de la otra parte, algo mucho más lento, lentitud que María no le había dado esa noche ni pretendía dársela en adelante.
José descanso la ansiedad sexual recién satisfecha, que de no haberla despertado María no le hubiese causado problema. Aún así, no pudo dormir.

Son los amaneceres nuevos días donde forjar el equilibrio de los sucesos, la posibilidad de cambiar las cosas para mejor.
José salió de casa, tomó el ascensor precavidamente de que no viniese del ático y miró su mala cara en el espejo de cortesía. Salió del ascensor, bajo los cinco incómodos escalones de desnivel hasta el vestíbulo de planta baja y dio los primeros pasos exentos de preocupación.

Entraba en ese momento María por la puerta de la calle, con un cesto rebosante de verduras y una botella de vino tinto en la mano. Al tiempo que la pesada puerta de fundición y filigrana neoclásica se abría, se iba deteniendo el paso seguro de José.

- Buenos días vecino –recogiendo el cesto mientras se cerraba la puerta detrás de ella.

María estaba divina, un vestido rosa claro con minúsculas margaritas le devolvía la virginidad que la libertad del pelo proclamaba. Su busto suelto, muy bien marcado y guiado por los pasos bajo el vestido, donde se ceñía el escote. Sus piernas muy femeninas surgiendo las rodillas justo en el movimiento de la blonda. Sus pies calzados en un zapato blanco de salón que la alzaba a la exhuberancia. Sus movimientos delatantes sin marca de costura alguna bajo la zona de las nalgas. Sus ojos brillantes, enmarcados por puntas pestañas de rimel. Sus mejillas rosadas por el primer sol de la mañana. Sus labios de traviesa carne pintada al carmín le hablaban.

- ¿Se encuentra bien, vecino? –bromeó con el formal trato, María.

José optó por recomponerse y continuar el inesperado y fresco saludo, junto con la poca preocupación de la vecina que estaba dándole información a cerca de no importarle el asunto nocturno.

- Si, si, me encuentro bien. Debe ser este tiempo que no le deja dormir a uno por las noches.
- A mi no me afecta, siempre duermo bien, tanto en verano como invierno. Bueno, voy a subir la compra.

El gesto afirmativo de José repetía la frase de ella, una de esas maneras de concluir cuando no se sabe que decir.
Alcanzar el tirador de la puerta principal fue toda una misión aquella mañana, y justo cuando parecía exitosa, la voz le desconcertó desde la cima del vestíbulo, delante del ascensor.

- Me gustaría invitarte a cenar esta noche, si no tienes compromiso – frase angelical que sonó en el correcto encaje de las cosas que se dicen sin decir y donde uno no puede interpretar de manera acertada lo que el otro puede estar diciéndole. María le cuestionó mientras esperaba el ascensor, girándose en el rellano después de la pregunta, con la botella de vino sujetada por el cuello al lado del cuerpo y el cesto en el suelo, a su otro costado.

María le miró con gesto sonriente y expectante, sabiendo que su pregunta no era tal sino existiera antes la respuesta afirmativa de José.

- Bien, esta bien, me va bien – tardó en responder José.

- Te espero a las diez – sentenció María antes de empezar con los ruidos de las puertas en el ascensor.

Se quedó José abajo mirando, hasta que el saliente del techo se lo permitió, la subida de María entre el hueco de la escalera, en el ascensor. Por los cristales de la cabina le pareció ver que ella levantaba la falda para mostrarle el coño, pero realmente no hubo suficiente tiempo para saber si fue imaginación suya o verdad.

Esperanzado por la invitación, dejando de lado la parte tortuosa del asunto anterior, alcanzó las diez menos diez de la noche a José. Le pareció extraño ir primero a su casa para luego subir al ático de la vecina, cosa de la falta de costumbre, así que prefirió darse una vuelta por las tiendas y comprar el postre en el centro comercial.

Todo parecía ir bien durante la cena, el aire de reconciliación que necesitaba José para consigo mismo se iba logrando con la conversación, la música de fondo, la original ensalada con frutos secos, queso y crujientes de bacon, el vino joven fresco y un plato de pasta con raviolis de calabaza en salsa de trufa. Todo parecía ir bien, se sentía atraído como lo estuvo la primera vez en el ascensor, se sentía a gusto por frenar el ansia sexual en pos de una agradable velada, por la buena compañía y las satisfactorias risas de ambos. La frescura de María había logrado que olvidase la manera en cómo la había tratado la pasada noche.

- Voy a por el postre, no me digas lo que has traído, me encantan las sorpresas y más si son dulces – hizo sonreír con esta frase María a José.

José encendió un cigarrillo. No podía ser que tardase tanto en volver, como mucho se necesitaba un par de minutos para sacar el pastel selva negra de la nevera, desenvolverlo y llevarlo hasta la baja mesa del salón. Pero sí se necesitaba más tiempo para llegar como lo hizo María, vestida con las mismas ropas que la pasada noche.

Como una inmaculada de panties accidentados, entraba en el salón, con el pastel envuelto todavía, colgando del lazo de hilo en el gancho de su dedo índice, obviando a José y recreando cierto asunto teatral por descubrir.
José se quedó inmóvil, con el pitillo colgando del labio. La risa se le cortó de repente y apareció en sus facciones una perpetua cara de no saber que estaba sucediendo.

Después de dar un par de vueltas por la habitación, María se dirigió a él sin mirarle.

- ¿Pensabas que me iba a olvidar de lo de ayer?
- Perdona, perdona si te humillé. Creo que será mejor que me vaya – decidió José, mientras apagaba el cigarro en el cenicero de cristal biselado.

- No me humillaste lo suficiente, pero estuvo bien. Te queda mucho por aprender.
- ¿Aprender?

- Una chica tan retacada vistiendo no puede ser cosa normal, seguro que esconde algo. ¿No te apetece descubrirlo?
- Vale, vale, otra vez vuelves al juego ese que te excita.

- A ti te excita, yo sólo soy la victima.
- Vamos a comer el postre, venga, siéntate y sigamos pasando la velada tan bien como hasta ahora.

María se sentó, en una silla al otro lado de la mesita, lejos de José. Abrió el envoltorio y sacó el pastel.

- Espero que te guste, es uno de mis preferidos, diría que casi es el pastel que más me gusta, el selva negra –dijo José en un tono simpático que rozaba lo infantil.

- El chocolate es una afrodisíaco, ¿tomas mucho? – preguntó María.
- El justo María, el justo, tampoco me gusta ir por ahí como un salido.
- Seguro que alguna vez le habrás comido el coño a alguna amiga con este pastel untado por encima.

José quedó alucinado por el cambio de la conversación, sin embargo, fiel a sus principios de respetar a los demás en sus personalidades, comprensivo de que nunca se puede ser el mismo, no mostró incomodo alguno.

- Pues la verdad es que no, nunca se me ha dado el caso –contestó José, sacando de nuevo la cajetilla de cigarrillos negros.
- ¿Es eso una proclamación de fantasía incumplida? –pícaramente cuestionó María.
- Fantasías tengo muchas, igual que tú María –encendiendo el pitillo con talante demasiado calmado para ser su estado.
- ¿No te parece irrefrenable juntar dos grandes vicios tuyos, el selva negra y las mujeres?
- Dicho así pudiera parecerme.
- Pero no hay muchas dispuestas a satisfacerte las fantasías, ¿verdad?

Hay momentos que uno evita, que controla incluso, hasta que por alguna razón alguien nos clava la aguja en los sentidos que deseábamos conservar tranquilos.

- No me he planteado la cantidad de mujeres que demandan mis fantasías, quizá gracias a eso que sigo teniendo fantasías – resolvió José en tono irónico, controlando el nerviosismo al encender otro cigarrillo.
- ¿Crees que yo pueda ser una de esas mujeres?
- Dímelo tú –casi increpó José.
- No, yo no lo soy, no lo sería nunca.
- ¿Entonces?, no te sigo, pensaba que deseabas darme el gusto –contestó José en un tono más rabioso.
- Pero yo soy la única que tienes ahora delante de las narices y que sabe, aunque te diga que no lo sé, de tu fantasía por comerme el coño untado de pastel.
- Hagámoslo, bájate lo que queda de los panties, las bragas, súbete la falda y acomódate en la silla, el resto lo hace mi boca. Quiero compensarte.
- No voy a hacer nada por ti, tendrás que tomarlo. Tampoco sabes si me gustará.
- Seguro que te gusta, seguro que ahora mismo estas mojada de sólo pensarlo.
- No pienso decírtelo, eso es cosa de tu fantasía. La única manera de conocer tu certeza es comprobándolo, y no te voy a dejar.

- Te gusta jugar a esto, ya veo –apagando la colilla.
- ¿Te gusta jugar a ti? ¿Crees que es un juego? ¿Puedes irte ahora mismo de casa sabiendo cómo huele mi piel, lo calientes que tengo los pechos en verano, el inevitable flujo que derramo para no dañarme más de la cuenta cuando me fuerzan sin remedio, sabiendo que tu polla ha estado en mi boca?

José se levantó como por resorte, malhumorado, no tanto por las palabras de ella sino por la contradicción interior, la de la voz que le pedía marcharse ante tal sin sentido que no podía comprender, y la de la voz más poderosa que le exigía quedarse porque por encima del hecho al que le obligaba las ganas estaba el conocer el gratificante y adictivo desahogo físico posterior.

- ¿Te estas dominando? –preguntó una subconsciente María.

José se mantuvo en silencioso delante de ella, separados ambos por la mesita y la distinta actividad entre ellos.

Los ojos de María no cesaban de mirarle, desde abajo, en rayos secantes a las propias cejas, directos a la creciente furia de José, mostrándole la tentación por el imaginario escote.

- ¿Puedes dominarte? – percutió de nuevo María mientras alzaba la cabeza, incitando al desafío con el acompasado gesto de estirar y ladear levemente su cuello.

La presión en los ojos de José hacía infranqueable cualquier otra reacción que no fuese mostrar la rabia que le generaba María.

La duda sobre lo que somos, la duda insistente en el hecho hasta lograr inmiscuirnos en el asunto del que no somos, hace crecer la impotencia hacia la mentira, tanto que en ocasiones le damos al contrario aquello que blasfema. Si a eso se le suma la apetencia real, que por algún lazo más que físico une a los contrarios, el resultado no puede resolverse por medios pacíficos.

- ¿Puedes dominarte?, ¿De veras puedes, sabiendo que ya me has tomado sin permiso una vez, sabiendo que te he tenido dentro y he sentido tu fuerza, tu energía, tu rabia que ahora sufres y podrías descargar nuevamente en mí vagina?… ¿De veras puedes dominarte, estando solos en este ático y con la puerta cerrada con llave?.

Como robotizado por palabras en clave, José salió de la sala de estar. Sonó de vuelta el tintineo de las llaves, repitiéndose por el pasillo sin luz hacia la estancia donde se encontraba María.

- ¿Te refieres a estas llaves? – preguntó José volteando el llavero de marroquinería en los dedos de la mano derecha.

Plantado frente a María, con la zona del paquete enmarcado por las pinzas del pantalón a la altura de su cara, José siguió volteando las llaves en actitud segura de que estaba sentenciada. Una actitud excesivamente segura para alguien tan frágil como él.

- ¡Hija de Puta!, ¿pero porqué has hecho eso?, ¡maldita perra loca! – se doblaba en el suelo José.

- Duele ¿verdad?, les pasa a muchos en tu circunstancia, no puedes esperar que no me defienda o actúe frente a un talante hostil como el tuyo. Se pasa rápido me han dicho, tampoco te he dado tan fuerte.

- ¡Hija de Puta!, me has dejado sin respiración.

José, doblado sobre si mismo, se incorporó antes de lo previsto por María. Ella, dando por zanjado el asunto de la noche, subestimándole al pensar que se le habían quitado las ganas, se levantó tranquila usando del tiempo de sedación que había creído aplicar a la bestia en instrucción. Pero José la sorprendió al arremeterla por la espalda, cayendo juntos contra el suelo de la cocina.

Forcejearon, gruñeron, maldecieron juntos, ella se ausentó de gritar pero siguió defendiéndose, buscando golpear a José, buscando dejarle marcado por los arañazos que él intentaba detener antes de lograr girarla contar el suelo. José logró sujetarle los brazos e inmovilizarla con todo su peso, con su pecho contra la espalda de María. Su boca al lado de la oreja de ella.

- Ahora vas a saber lo que es bueno –pronosticó José.

Despeinado, con la camisa abierta allí donde María le había arrancado los botones, con la bragueta bajada sin ser consciente de haberlo hecho, dispuesto sobre María con el caliente aliento de la respiración del cazador contra la nuca de la presa, la mano de José buscó bajo la falda el borde de los panties. La mano pasó también bajo las bragas y se detuvo la palma, comprobando la firmeza de las nalgas antes de indagar impunemente entre ellas. Debajo María, amenazada por el bloqueo del masculino peso y el quedar sujetada por la base de la cola de caballo que José empuñaba, empujándole la cara contra el pavimento de frío gres, inmovilizándola mientras los dedos se abrían paso sobre su ano, dirigidos claramente al sexo donde se esparcieron exitosos hasta conseguir penetrarla sin clemencia.

- ¿Los notas? ¿Te gusta? –dominaba José.

María no vocalizó, mostró su desagrado con un movimiento de párpados y un intento por negarlo todo con la cabeza junto al forcejeo inútil de sus piernas.

- Igual es que necesitas que te meta un par más para notarlos.

Dos más de los dedos de José se unieron al asunto en un cuarteto dilatante que lograba profundizar a María. Cuatro de los dedos, mientras el pulgar buscó sin prisas hasta lograr clavarse en el ano de la mujer.

- ¡Ahora vas a correrte como que me llamo José! –sin dejar de bombear el grupo de apéndices en el coño y con un poco más de suavidad en el culo de María.
- No, no voy a correrme. Me das asco. Eres un patético impotente que cree ser hombre por poder meterle los dedos a una mujer. No me das ningún placer –le soltó de carrerilla María.

De inmediato, un empuje de la mano de José aplastaba la mejilla de María contra el gres, el mismo empuje con el que le metió los otros dedos hasta el fondo de la doble entrada en su cuerpo, dándole sin pensar el premio de saber que la trataba según la irritación provocada.

- ¡Cállate! Si no te callas tendré que…

- ¿Qué que, me pondrás un cuchillo en el cuello o algo parecido? –replicó María con los labios pegados al suelo de la cocina.

La imagen del afilado cuchillo secándose al lado de los platos, sobre el absorbente del mármol, pasó de inmediato por la cabeza de José.
De repente todo se aflojó, la mano pintada de oloroso flujo se retiró lentamente del interior de María, la otra mano dejó de sostener el pelo y presionar la cabeza, el cuerpo de él se aligeró sobre ella.
Verse el monstruo que otra deseaba no cabía en la cabeza de José, quien se conocía al límite de los miedos por romper la ética y moral de su estilo de vida.

De fondo, la música sonaba demoníaca, acorde con el instante previo y no apta para la detención adoptada.

- ¿Lloras?, ¿ahora te da por llorar? Tienes una cabecita que no comprende nada, no sabes separar las cosas ni disfrutar de las oportunidades de la vida. Eres un perdedor –sentenció María.

José no contestó. Sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared y las piernas dobladas contra sí mismo, miró a María lleno de lágrimas, quizá de rencor.
María se acercó, se agachó con mirada tierna directa a los ojos de José e inesperadamente le propinó una fuerte bofetada. Se levantó mientras José analiza con la mano izquierda la intensidad del castigo.
Plantada frente a él, tal cómo la había dejado José después del forcejeo, despeinada, con la parte trasera de los panties bajados hasta la base de los glúteos y las bragas a medias nalgas, insatisfecha, se quedó mirando a José con inerte superioridad.

- Pero que inútil eres. Sabes que debes intimidarme, no darme opción, hacerme creer que no hay más remedio que hacerlo.

- No se hacerlo, lo siento –respondió rápido José.

- Claro que sabes, todos somos capaces, sólo tienes que sentir que es inevitable. Vosotros, los hombres, todos sabéis hacerlo, y yo lo deseo de ti.

- ¿Qué se supone que debería haber hecho? –se interesó, sin darse cuenta José.
- Me la tenías que haber metido sin dudarlo. El sólo hecho de que pensases en el cuchillo debería haberte dado la seguridad para hacerlo sin dejar de hacer lo que estabas haciendo, sin ir a por el cuchillo, porque de ir todo hubiese sido distinto.
- ¿Distinto?

- Si, yo podría haber intentado escapar y tú enfurecerte o asustarte e ir a por mí para salvar el anonimato. Igual podrías haberme matado.
- Mejor que no haya ido a por el cuchillo, como sugerías. ¿Tú sabias que pensaría en el cuchillo?

- No lo sabía, lo pensé luego, por eso te digo que no te hubiese hecho falta usarlo, no hubiese sido capaz de resistirme sabiendo que tú podías haberlo visto como yo, ir a por él y usarlo a saber cómo.

- ¡Joder!, estoy hablando de esto contigo, como si fuese lo más normal del mundo y encima buscando perfeccionarlo.
- Es que no tienes ni idea de cómo me gusta que me follen así. Lo jodido del caso es que me gustas, que me atrae esa parte tuya infranqueable, que me estoy quemando viva por no dejarme follar de otra manera que la que te impongo.

- En la vida me había sucedido nada parecido, esto es increíble.
- Por supuesto que lo es, encontrar a un tipo que no me pueda follar como me gusta, es de juzgado. Mira, igual te denuncio por no haberme hecho nada.
- No te van a creer, la policía no es tonta.
- La policía me hará pruebas y encontrará tu semen en mi vagina, en mi boca, restos de tu piel en mis uñas al defenderme, fibras de mi ropa en tus uñas, en tus ropas, manchas de mi flujo en el jersey y pantalón donde te has limpiado la mano, cabellos míos en los tuyos, vete a saber donde más, indagará sobre estos roces en la cara, por las marcas de ayer y hoy al presionarme las muñecas. Estás bien jodido si me lo propongo.

José se quedó atónito con la argumentación de los hechos que inventaba María. Todo le sonaba a falso pero creíble, demasiado creíble.

- Así que no tengo nada que perder.
- Eso parece, ¿Quieres volver a intentarlo?

- Esto es la leche, me das otra oportunidad.
- Todas las que necesites si deseas aprender y hacer bien la labor.

- Ahora me vienes con amabilidades –mostró José con su frase un nuevo enfado creciente mientras se incorporaba.
- Si de verdad no te apetece poder hacer lo que sin decir que te dejo te dejaré hacer, vete, abre la puerta y lárgate. Si de verdad no me deseas aunque sea bajo esta condición que yo deseo y que no por ello te lo voy a poner fácil, vete. Si de verdad crees que no podrás disfrutar haciéndolo, sin saber si yo lo he disfrutado, coge la puerta y márchate.

El silencio de José declaraba las dudas y las películas que intentaba aclarar en su cerebro, según las variables de resolución que se le ocurrían. Le asustaba una cosa, sólo una para la que ya sabía la respuesta en caso de dar el paso que María le pedía. Lo que realmente le preocupaba era el qué sucedería al día siguiente, al cruzarse ambos por la escalera, en el portal o donde fuese del edificio, si él no daba el paso. Es curioso cómo lo correcto en ocasiones asusta por creer que no dará correctos resultados.

- Eres la tipa más rara que jamás me he encontrado. Ahora quiero que te saques la ropa o te rajo el cuello. ¿Me has oído? –reaccionó con mando inesperado, José.

De alguna manera se había hecho José con el cuchillo durante la divagación que les movía por el tubo de la cocina. Con el filo amenazante, cercano al cuello de María, justo debajo de la barbilla, persuadía a la deseosa sin aparente deseo, haciendo uso del recuerdo que ella misma había fabricado acerca de perder la vida.

- Venga, desnúdate, quiero que te quedes en pelotas, quiero verte desnuda, observarte, analizarte, no perderme detalle de tu cuerpo, ya decidiré luego que hacer con él –ordenó José, con voz segura por primera vez.

No podría precisarse si la mirada de María era fingida o real ante la sorpresa por el cambio de actitud en José. Tener el filo tan cercano a su piel no le daba tiempo a saberlo. Al parecer, María había encontrado por fin su destino forjado a José, no pudo defenderse ni pensó en presionarle, sólo pudo seguir las ordenes que él le daba y aceptar lo que viniese.

La mirada de ella persistía a mostrarse plenamente asustada, emitiendo una conjunción perfecta para generar más motivación frente al desagrado que sus ojos profundos otorgaban, una mezcla de odio y espejo donde se proyectaba la ofensa para arrastrar a José hacia el sinfín de actos que fuese capaz de ejercer. Esos ojos fueron la trampa para un hombre bueno como José, no debió mirarlos nunca, ni el primer día.

Sin soltar el cuchillo, manteniendo el frío del lado sin filo que había girado sin que María se diese cuenta, empezó a tocarla. Su naciente barba a esas horas intentaba acariciar la mejilla de María, mientras los ojos cerrados le traían el sueño perfecto para disfrutar del peculiar olor a excitación en la piel de la mujer. Sus labios la besaban controlando el cariño que le hubiese dado, sabiendo que al dárselo se hubiese roto la hipnosis que ella parecía necesitar para gozar en secreto.
La mano libre de José se paseó por el cuerpo de María, por toda la piel, comprobando la turgencia de los pechos, generando con pellizcos la dureza de los atrayentes pezones, traduciendo en su mente el rudo trato de vicio y lascivia que le ofrecía, porque él necesitaba sentir que esa mano suya era movida por lo sensual y no por la impunidad.
Los dedos llegaron al eje de las piernas, justo bajo el vello púbico, donde ella mantenía cerrada la puerta en una última posibilidad de fantasía por salir digna de la situación.
Un leve apretar el canto frío del cuchillo contra la piel del cuello y una palmada en el pubis, permitieron la tímida abertura.

- Separa las piernas, bien abiertas para que pueda tocarte a mis anchas –ordenó José al ritmo de tres azotes en los muslos de María.

María ya no hablaba, había logrado convertir al hombre en el personaje de su juego. La realidad de la actuación no le permitía controlar nada, se sentía en el punto inseguro que la excitaba incomprensiblemente.

- Estas mojada, así me gusta –declaró un transformado José- Ahora vas a correrte en mi mano, luego veremos, quiero escucharte gozar primero, a ver si me la pones lo suficiente dura para follarte.

Costosamente lograba María alcanzar el orgasmo, en parte por la real amenaza que retardaba el asunto y en parte a favor por la excitación consciente del deseo de obligar a José. La contradicción como droga perfecta era la aliada de María, sin embargo ahogó de manera premeditada la sonoridad del orgasmo, provocando la insatisfacción en la criatura que había formado.

- ¿Eso es todo? me has defraudado, un suspirito de nada para tanto que te he dado, me parece ridículo. Mira, mi polla lo atestigua, no has conseguido levantármela lo suficiente –se quejó José.

Con una mano en el cuello, una leve presión de los dedos, suficiente para relevar el filo, José desalojó el cuchillo en descenso por el cuerpo de María, hasta colocar la fría hoja contra los labios del sexo al tiempo que le decía, con la boca muy cerca de la de ella: “Pónmela dura como tú sabes hacer”.

Hay juegos peligrosos y peligros de los juegos. Cuando se cruza la línea de la claridad todo se convierte en excitación y temor a la vez, nada es objetivo y nada responde a razones o naturales impulsos rebosantes de luz, la sonrisa desparece y reina el desencaje de las seriedades en su lucha por dominarse. María se mostraba reacia o deseaba aún más provocar a José, la cuestión es que él tuvo que tirar de la cola de caballo para ponerla de rodillas frente a su polla. El filo, nuevamente aliado, desaconsejaba el hacer mal las cosas.

La verga de José alcanzó el estado que él, o María, o ambos deseaban en ese turbulento momento. Luego la obligó a subirse al mármol, frente a otros cuchillos de cocina a la espera de ser usados, los que ella no osó alcanzar más que con la mirada temerosa de pensarlos, evitando por seguridad defenderse.
De medio lado la hizo suya, con las piernas sujetadas y empujadas hacia el cuerpo para ver el grosor de los labios mientras la penetraba.
María pronunció un orgasmo ineludible de esconder, el mismo que él, durante la ocasión que le permitió esconder el hecho a José.

El sonido frío del cuchillo marcó el final.
José soltó el cuchillo que sujetaba junto al tobillo en alto de María, al aflojar la tensión de los dedos en ambas piernas. María continuó tumbada de lado en el mármol, como la carne que le hizo ser José.

Exhausto, José se pegó contra la pared sin dejar de mirar el espectáculo de la que no parecía a sus ojos solitaria relación. Su miembro, aún latiente, estaba enlucido de flujos.

- Menudo polvo, nunca había hecho nada semejante –confesó José, entrecortado de respiración durante la recuperación y con la inseguridad que los hechos le provocaba.

El silencio de María le preocupaba, sin embargo miró de no mostrarse preocupado o culpable de algo que ella le había pedido hacer.

- ¿Era lo que querías? ¿Ha estado bien? –preguntó José, buscando afirmación que le aliviase la conciencia.
- Me has violado José, ninguna mujer desea esto.

- Vamos a ver, yo no te he violado, tú me lo has pedido. Me dijiste que fuese hombre a tu manera de entenderlo y que hiciese la cosa con brutalidad en contra de mi voluntad.
- Ese es el problema, que no tienes voluntad. Me has violado.

- Venga, no me vengas con esas ahora.
- Es suficientemente humillante para mí hablar contigo ahora. Lo mejor es que te vayas, para siempre.

- Vete tú, que eres la alquilada.
- Voy a llamar a la policía. Vete o llamo.

Devolviendo la compostura al pantalón de pinzas, al cinturón, a la camisa en lo posible que permitía el estropicio de los botones, calzándose los zapatos sin calcetines que había guardado en los bolsillos del pantalón, y peinándose sin éxito, José sólo pensaba en salir de allí, no podía en el lugar de los hechos pensar sobre lo sucedido.

María bajó del mármol con el gesto de dolor que interpretaba su alma, se agachó con los brazos tapándose los pechos e hizo un esfuerzo para mantener el pudor pectoral mientras recogía del suelo su Pulligan azulado. Se vistió el jersey de espaldas a José, mostrando la tentadora silueta de su espalda al levantar los brazos, dejando una perfecta caída del tejido bajo la recta línea del cual se moverían las nalgas, al ritmo del ladeo que generaban las femeninas caderas en dirección al salón, en búsqueda del teléfono.
María rehizo el peinado detrás de las orejas, después de recoger los mechones largos que pendían a cada lado de la cara. Esperó delante del teléfono, el arma con la que invitaba a la despedida a José, hasta que él salió por la puerta.

José bajó al tercero usando la escalera, deshaciéndose por los escalones que parecían empecinados a reblandecer su cuerpo, sujetándose cada vez más en el pasamanos de la barandilla con olor a madera vieja y cava de sudores.
Antes del rellano de su planta, tuvo que sentarse. Sólo unos escalones le separaban del portal tras el que residía la calma de soltero que su abuelo le había regalado. Doblegado sobre sí mismo, empezó a hundirse en lo que María le había convertido con sus fantasías. No se sentía nada digno, nada hombre ni humano, sentía que había usado de la fuerza para tomar a una mujer. Por muy asunto de juego que se tratase no había obrado bien. Había usado de la intimidación con un arma blanca, eso aún le perturbaba más por la consciencia de delito que le remordía.

-¿Cómo he podido no entenderla? ¿Cómo he sido capaz de llegar hasta el final y no escuchar ni una palabra de disgusto de ella? –torturó José a su yo interior.

Paca, la vecina de su abuelo de quien tantas veces cuando era chico había merendado bizcocho de chocolate, salió al rellano inquieta por el desconsuelo que escuchaba detrás de la puerta.

- Pero pequeño, ¿qué haces a estas horas en la escalera?
- Buenas noches señora Paca, ya perdonará este numerito.

- ¿Estás bien muchacho?, es por tu abuelo, ¿verdad?, es normal que no te atrevas a entrar en casa, hay allí muchos recuerdos agradables.
- Los hay señora Paca, los hay.
- ¿Quieres pasar?
- No, gracias, ya creo que me he repuesto. Mejor que me vaya a dormir.
- Cómo quieras – y antes de cerrarse las puertas, Paca surgió con un comentario de escalera – ¿Has conocido ya a la nueva inquilina?

- ¿Cómo dice?
- La chica del ático, esa tan guapa y angelical. Ayer me regaló una caja de bombones, ¿te apetece uno? –la señora Paca sostenía una caja roja.
- Ahora no me apetece señora Paca, muchas gracias.
- Bueno, más para mí, dice María que son afrodisíacos, pero eso a mí ya no me afecta. Si hay que morir de algo que sea con gusto, total aquí ya no quedamos muchos.

Precisamente por el lamentable asunto de perder vecinos, por la calma reinante que la comunidad brindaba aunque fuese con tan nefastos acontecimientos, era por lo que José decidió trasladarse al piso del abuelo.

Instalado en la noche, no podía dormir dándole vueltas al asunto. Superó un par de horas de espera detrás de la puerta, mirando por la mirilla a ratos, temiendo la aparición de una detención policial. Nada sucedió. Decidió entonces distraer los acontecimientos vividos indagando en las cajas aún por averiguar de su abuelo, cualquier cosa menos pensar en pleno insomnio.

El cuarto trastero del abuelo era un mundo mágico que disfrutó de pequeño, allí había encontrado en su día tebeos, maquetas, álbumes de fotos y recuerdos de familia entre los que destacaba de usar imaginativamente unas botas y sombrero de montar con la pertinente fusta, mientras se ambientaba subido en la escoba de paja. Pero había un altillo que nunca pudo alcanzar, al que el abuelo jamás le dejó llegar e incluso prohibió pensar.
La noche era propicia para distracciones novedosas del pasado.

Allí estaba el baúl vedado del que no se había acordado más. Subido a una escalera lo bajó entre estornudos provocados por el polvo acumulado. El misterio de su vida prevalecía frente a la preocupación reciente.

Abrir el baúl era completar su infancia, saciar el espacio de curiosidad que el abuelo le había fomentado.
De adolescente pensaba que allí estaban las cosas marranas del abuelo, las revistas y cintas de video que un viudo seguramente usaba para saciar las ganas de hembra. De adolescente pensaba que el abuelo, por aquel entonces un hombre de sesenta años, ya no podía ir de ligue ni tener novia con fines sexuales, sencillamente eso era impensable y vergonzoso a su edad.
Algo debía de hacer el abuelo con los tópicos impulsos masculinos.

En la noche de sus pesares dio en el clavo del asunto más de lo debido, el abuelo hacía lo imaginado. El baúl contenía fotografías y cintas de video.
Las primeras, seleccionadas al azar, mostraban una buena convivencia, recopilaban en imágenes las fiestas de la comunidad, dejando claro que estaban muy unidos. Igualmente el primer video, donde salían muchos de los fallecidos junto al difunto y querido abuelo de José festejando algún inocente evento.
Era triste ver que en la comunidad de siempre no quedaba nadie más que Paca.

Una ráfaga de María le vino de repente. Decidido a mitigar el retorno de la culpa, continuó abriendo sobres de fotografías. Repentinamente escandalizado, buscó en los videos, esperando no encontrar confirmación a sus sospechas.

Mientras el video reproducía la cinta, la espalda de José se hundió en el respaldo del sofá Chesterfield. Pudo reconocer a la mayoría de los vecinos y vecinas que habían vivido en la comunidad, con los que se había cruzado de pequeño e incluso se había dejado cuidar confiado, cuando el abuelo salía para hacer algún recado.
Todos, incluida la señora Paca, gustaban de practicar orgías en casa de vecinos, rellanos de escalera, incluso en el vestíbulo se grabó un encuentro de dos vecinas con su abuelo, aceptando luego que un cuarto vecino, aparecido por el portal en plena noche, relevará al abuelo de José. El sofá Chesterfield también salía en los videos, fue después de ver seis cintas, cuando apareció una cara nueva en la pantalla, una mujer muy atractiva que debería rondar los treinta y siete años, edad distante a la media comunitaria de aquel entonces.

José se levantó del sofá con cierto estupor, siendo testigo de que la invitación a café para mantener una reunión comunitaria se convertía de repente en una orgía, donde obligaban a participar a la nueva inquilina. La mujer era desnudada con violencia, dada la poca colaboración que ofrecía. Después, dos de las vecinas lograban reducirla de rodillas, sujetándole los brazos para que cada uno de los cinco vecinos asistentes consiguieran satisfacerse sin problemas en la boca de ella. Bofetadas, insultos, empujada contra el sofá fue sujetada por los viejos conocidos y obligada a dar placer oral a las amables vecinas, las mismas que habían llenado a José de caricias, besos y le habían regalado caramelos.

José no pudo evitar llegar al final de la escena, ver que en el salvaje acontecer no había suficiente para la desaparecida comunidad. Mientras algunos introducían objetos en la vagina de la joven mujer, su abuelo empuñaba la fusta que tantas veces le había dejado para jugar, aplicándola con ganas contra los pechos y muslos de la sometida.
José no parpadeó ni un instante, el descubrimiento le tenía paralizado. Tres de sus entrañables pasados posicionaron el muñeco de carne femenina contra el respaldo del sofá y luego iniciaron una sodomización interpretada por todos los presentes masculinos, en alterne de paso durante las pausas de fornicio que la orgía con las otras dos vecinas permitía.

Rotundo final el que pudo atestiguar José frente al televisor. Lo que quedaba de la mujer fue tratado como carne a disposición, subida al ático sin vestir, acabada de usar, donde la conversación daba clara intención de los planes sobre mantenerla recluida en el piso que había alquilado, para así poder disponer de ella cuando gustasen.
Sucedía el imprevisto cuando la victima recuperó fuerzas, la rabia que otorgaba la humillación no asumida generó un fatal forcejeo. La pelea que visionó José era dura. Fue la señora Paca, quien por sacarse de encima a la nueva inquilina pegada a sus pelos, la empujó.

José observó atónito el documento fílmico donde la mujer caía por el hueco de la escalera, lacerándose con los cables hasta irrumpir sonoramente contra el techo de la cabina del ascensor, en la planta baja.

La ferviente actividad por descubrir el pasado del abuelo había hecho perder el oremus del tiempo a José, sorprendido por la luz del día en sus brumas de horror. Fue entonces cuando sonó el timbre de la puerta. Trastornado, sin pensar en recoger nada, alcanzó la puerta en mareado avance por el pasillo.

- Buen día José, espero que te encuentres mejor. Estaba charlando con María, la nueva vecina del ático, y me he dicho, “Paca, ¿por qué no les presentas, siendo tan majos y de la misma edad los dos? –irrumpió vocalmente y sin aviso previo a la conversación, la octogenaria vecina.

Las ojeras de José dejaban patente que no tenía un buen día, y menos sabiendo lo que de oculto conocía de la hasta entonces entrañable señora Paca.
Detrás de la anciana, María mostró una virginal sonrisa plena de luz, como la luz que la cubría, suspendida por ambos finos tirantes amarillos, desde el escote hasta los medios muslos, en los girasoles que vestía.

- ¿Estas bien, pequeño? –se preocupó la señora Paca – He pensado que podríamos dar una fiesta, bueno, una mini fiesta sabiendo como sabemos que somos tres vecinos en la escalera. ¿Qué os parece? no soy una vieja tan aburrida como parezco.

José no contestó, sólo apartó el cuerpo frente a la puerta para que la señora Paca viese el desorden del salón, con fotografías y cintas de video esparcidas por el suelo.

El silencio de Paca fue buen momento para entrometerse María.

- A mi me parece bien, una mini fiesta suena bien – contestó con doble personalidad María, a la espalda de Paca, controlando la sin posibilidad de conocimiento por parte de la anciana de que estaba mostrándole los pechos a José y sobre ellos escrito a rotulador rojo “Fóllame las tetas, cabrón”.

José quedó ausente ante lo escrito y visto mientras la señora Paca, ya con el pudor recuperado en el vestido de María, giraba sin habla, cruzaba el umbral, daba un cuarto de giro más, abría la puerta de su casa y cerraba la hoja de madera con lentitud cansina.

- Así, nos vemos luego para la fiesta. Será divertido – sonrió María en despedida.

Cuando ya creía José que no podía haber más atrevimiento por parte de María, justo antes de subir ella las escaleras, se levantó el vestido mostrándole el par de nalgas desnudas sobre las que había dejado escrito “este culito es para ti”.

José, lento de reacciones ante tanta confusa percepción e inalcanzable idea sobre los planes de María, permaneció en sus ya habituales dos minutos de espera atónita. Luego volvió a él una ola de calor irreflexivo que le quema en los genitales. Decidió entrar y saciarse solo, no podía ir a ninguna parte con ese estado alterado.

La media tarde y la vuelta al edificio, trajeron la coincidencia con María en el ascensor. Precisamente, cuando José pensaba en la suerte de no verla, la voz de María se hizo evidente sin sonido previo en la puerta de entrada al vestíbulo.

- Espera… espérame, que subo contigo – avanzaba María sobre tacones de esclavo calzado esposándole los tobillos.

La visión de María desde el podium de las escaleras generó una alerta y al mismo tiempo sensación de poder en José. La sabía desnuda debajo del vestido, la veía exuberante, fresca, libertina, con mirada de inocencia misteriosa, casi ángel completo a no ser por las imágenes mezcladas que la extraña relación le había dejado. Era ella la persistente en perseguirle y atormentarle. Aún así, fiel a sus principios, volvió José a recuperar esa parte suya donde aceptaba las variables de los otros.

- Hoy no llueve, pero vengo igual de mojada, por las prisas y este bochorno que me ha dejado sudada, y porque venía pensando en ti. Ya ves, lo que pienso se cumple, aquí estas, como el primer día, ambos encerrados en esta cabina – claramente veía María que estaba incomodando a José.

José se mantenía dominado, pegando la espalda contra la cabina, las manos también, mientras tenía a María casi cuerpo a cuerpo, con los labios de ella casi en la boca de él, con los ojos observando de cerca su temerosa expresión.

- Hoy va a ser una noche especial, ponte guapo, te quiero sin calzoncillos, así vas más rápido – una de las inesperadas despedidas de María, acompañada por un azote en el culo de José mientras salía del ascensor en el tercero.

El corazón de José andaba a trompicones, descoordinado con la realidad, imposible de dominar los latidos fuera de lugar. El estado de deseo hacia María resultaba enfermizo al saberse capaz de hacer lo que le hizo, creyendo que podría con cualquier otra mujer.

Sin haber convenido hora de encuentro, coincidieron ambos frente a la puerta de la señora Paca a las diez pasadas.
- Otra vez esa ropa –comentó, asumiendo lo que veía, José.
- Ya lo sabías, que me iba a poner recatada, sabiendo como sé lo mucho que te pone de caliente este uniforme –replicó María.
- Al menos te has cambiado los panties –ironizó con su destino José. María sólo le hizo un guiño.

Llamaron al timbre durante un par de minutos, pero la señora Paca no abrió la puerta.

- Parece que con la música tan fuerte no nos escucha – apuntó José.
- Es posible que haya olvidado apagar el equipo de audio, ya sabes lo despistados que son los ancianos – indicó María.

- Yo hace rato que oigo la música, es posible que sea lo que dices, que haya ido a dar una vuelta, aprovechando que sacaba la basura. Hasta puede que se haya olvidado de la fiesta, ya sabes la mala memoria de la gente mayor, no creo que la ópera sea la mejor ambientación – intentó buscar explicación José, en el mismo tono de voz irónica.
- Mejor, así entramos y la esperamos. Podemos ir preparando la decoración y ayudar poniendo la mesa y esas cosas –comentó María.

- ¿Entrar?, pero no ves que no abre la puerta, ¿cómo quieres entrar?.
- Con esta llave José, con esta llave que la confianza en buena vecindad permite tenga en mi mano ahora mismo.

María giró la llave y abrió la puerta. José no parpadeó, se mostraba sorprendido por cómo sucedían las cosas alrededor suyo.

- Venga, no te quedes ahí, pasa y ayúdame, la señora Paca no se merece quedarse sin fiesta. Es a ella a quien le hace ilusión –indicó María mientras le daba a sujetar las llaves a José.

José entro detrás de María, cerrando la puerta a su espalda. Continuaba sin saber porqué hacía cosas en contra de su voluntad, continuaba sin saber porqué no detenía el inconcebible juego de María, continuaba sin saber qué era lo que María le despertaba ni el qué estaba haciendo con él, pero la siguió, nuevamente confiado, quizá por la buena voluntad de ayudar a la anciana o por el interés personal en resolver los asuntos pasados de la comunidad.

María dio unas vueltas seguras por la casa, conocedora plena de los espacios y lugar de las cosas ante los ojos de José. Inspeccionó una última habitación frente al salón, una estancia sin ventilación que había sido usada de biblioteca, convertida luego en cuarto de plancha. María entornó la puerta, dejando detrás, en la leve brecha abierta, la completa oscuridad.

- Pues debe de haber salido, así que… ¿qué podemos hacer José? – preguntó capciosamente María.
- Pues lo que hemos venido a hacer, preparar un poco todo esto.
- Yo ya estoy preparada, de hecho llevo preparada todo el día.
- María, yo no puedo ir interpretándote, después me doy de bruces y me hundo en la confusión de tus deseos y mis hechos.

- Ya ha tenido que salir el filósofo existencial que hay en los hombres, puta mierda que sólo sirve para justificar vuestra incapacidad de asumir los actos que más deseáis hacer sobre una mujer. Asume José, asume lo que eres y no le des más vueltas.
- Ya sé que soy, y sé lo que no quiero ser.

- ¿Seguro? –empezó a desnudarse María frente a José.
- No vas a doblegarme esta vez, ya se de tu manera por hacerme sentir mal.
- ¿Seguro que no, José? –obviando lo que decía saber José, insistió María mientras se bajaba la falda y disponía a quitarse el jersey.

Situado contra la balconera, la sombra de José se alargaba cual fantasma del subconsciente que desea hacer más que él todas las cosas escritas en María. Ya no era una frase escrita sobre la piel de ella, una obscenidad o provocación en sus pechos o glúteos. La piel de María apareció completamente escrita en rotulador rojo bajo los panties, bajo el jersey, bajo la ropa interior. Plena de frases imprudentes para la que no deseaba ser forzada, de frases insultantes para consigo misma, de frases indicativas del uso de sus partes. José estaba realmente alterado.

- Fíjate, esta es de la mañana, la de “Fóllame las tetas, cabrón” –empezó a señalar María su propia piel – esta otra, alrededor del pezón no estaba, ¿sabes que pone?, lo leeré para ti: “hazme saber del dolor”, y en el otro ¿qué pone José? “chúpame, chúpame, chúpame, chúpame, chúpame…” y los puntos suspensivos es porque no cabían más chúpame.

José se sentía extraño, algo luchaba por no brotar en su interior. La voz le pedía salir del lugar, huir, pero no pudo, había algo en María que le perturba en tanto exceso que no pudo resolver el asunto de manera lógica.

- Mira, aquí en el cuello dice “ponme collar de perra”, en los hombros “sujétame hasta clavarme en tu verga”, en la espalda –María se dio media vuelta, mostrando que toda su piel esta escrita- “azótame”, más abajo, en las caderas pone “aférrate para follarme”, en las nalgas hay todo tipo de usos que puedes darles “pellízcame, muérdelas, usa aquí tu fusta, aprieta, araña, golpéame con tu polla”, esta flecha indica donde tengo el culo que tanto deseas follarte, el agujero de mi más innatural manera para ser penetrada, la humillación que necesito para sentirme llena y vacía al mismo tiempo, donde tú quieres hacerme saber que me puedes follar por donde quieras sin yo discutirte. Todo lo que imagines hacer con mi culo, por eso lleva escrito que “es para ti”.

José se tocó involuntariamente el paquete, sobre el pantalón de pinzas. Por alguna razón que le superaba, se le estaba poniendo tiesa la verga.
María le observó sin clemencia, sin darle respiro y más aún sabiendo que le tenía tenso y con ganas irracionales de tomarla.

- José, -le dijo mientras se sujetaba los pechos- en estos pechos está escrito el cómo usarlos, como puedes tocarlos, como puedes torturarlos, como gustan de ser atados, acariciados y maltratados, cómo saben que unas cuerdas bien aplicadas me pueden llevar al orgasmo sin siquiera metérmela, o mejor aún, metiéndomela.

María soltó repentinamente los pechos, creando una oscilación imposible de no reacción. La polla de José erecto por completo dentro del pantalón.

- Será mejor que alivies eso –le aconsejo María- de mientras voy a seguir contándote. ¿Has visto el vientre?, aquí pone “derrama encima tu leche”, en el ombligo hay muchos círculos, todo ideas para que mientras me lames el coño vayas leyendo, por ejemplo “cuanto más cerca estás de mi clítoris, más ganas tengo, pero entretente, hazme sufrir que sonaré más ardiente”.

José empezó a desnudarse con ojos delirantes, en una extraña lentitud que anunciaba alguna tormenta interior.

- Incluso los pies dicen cosas, mira –le leía María, levantando el empeine del pie derecho para acercárselo a José- aquí pone, “deja que te masturbe”.

José terminó de sacarse el pantalón, tal como le pidió María no lleva ropa interior. Su verga surgió solitaria, con evidencia de avanzada necesidad.

- Las pantorrilas hablan de cómo les gustó que las sujetaras ayer, cuando me tuviste sobre el mármol, lo mucho que les gustó saber de la fuerza de tus manos –continuó sin pausa alguna la provocación de María – Los muslos declaran sus servicios, son ambos instrumentos donde dejar tus ordenes con azotes de las palmas, los que tendrás que aplicar hasta que me escueza la piel, sólo así podrás leer lo que hay en sus caras escondidas que las piernas escudan. Azótame José, eso pone, “oblígame con el azote a que abra las piernas”.

José siguió distante un rato más, un momento previo donde su innata costumbre de macho le llevaba a merodear la polla con las manos. Se sentía dispuesto, fuerte, seguro, violento donde ella deseaba tenerle antes de follársela.

- Te daré un avance –separó las piernas María, para dejar bien visible lo escrito- como puedes ver, esto es todo un festín, flechas indicativas por si te has perdido en el camino, adjetivos a mi persona “puta, zorra, ramera, perra, cerda”, para que te sientas más a gusto, y alguna que otra sugerencia como esta en el lateral de los labios “hacer clic aquí”.

- ¿Hacer clic aquí, eso qué significa? – retornó por un instante José a una actitud inocente hacia el conocimiento, tal cómo María esperaba.
- Mira que eres patético. Si revuelves en mi bolso encontraras una bolsa con pinzas de tender la ropa, son para que cierres mi coño pinzándome la vulva cuando no desees meterme nada en la vagina.

La explosión de irracionalidad logró hacer mella en José, quien se avanzó hacia el bolso, volcando el contenido contra el suelo para tomar luego el rotulador rojo y un puñado de pinzas en la mano.
José se abalanzó contra María, quien con ostentoso temor dio unos pasos hacia atrás en intento de escapar de la agresión. La mano de José se cerró alrededor del cuello de María mientras sonaban las pinzas cayendo al suelo, mientras una única pinza se cerraba enérgica contra clítoris de María, mientras el rotulador completaba las frases con una palabra doblemente repetida en las mejillas.

El grito de María fue alto, pero enmascarado por la ópera. La mejilla izquierda de María se pegaba a la pared mientras José escribía. Con un gesto seco, la mejilla derecha de María, recién escrita, se pegó contra la parte alta del bufete. La mano de José soltó la cara de María y la contempló con sádica sonrisa. En ambas mejillas de ella se proclamaba la necesidad de recibir “polla”.

María sólo le miraba, no hablaba, mostraba su faceta de victima altiva y desafiante, algo que José no podía soportar por atentar contra su orgullo de capacidades.
Las manos de José inmovilizaron a María sin mayor problema, la sujetó con una mano mientras la otra encontraba tres pinzas que utilizó para ajustar contra los pezones de María. José se sentía fuerte, dominante, grande por doblegar con una sola mano a María, por ponerla a cuatro patas e insultarla mientras tirándole del pelo la invitaba a pasear por el salón, mientras se agachaba para indicar con el azote en las nalgas la dirección que mejor le ofrecía la visión del sexo apareciendo entre las piernas.

José encontró normal la sumisión adoptada por María, pensó que era el papel que a ella le gusta adoptar, y eso le hizo aún más capaz en el personaje que le había tocado interpretar.
Ya había fantaseado con situaciones semejantes, pero jamás se hubiese creído capacitado para llevarlas a la realidad. La vida te da sorpresas, y al parecer estaba viviendo una de ellas, encontrar a la mujer necesitada de los tratos inapropiados le hubiese parecido una mentira viniendo de la confesión de algún amigo.

Placidamente sentado en el sillón de la señora Paca, José se deleitó con la habilidad de la ya perra María apostada cual can entre sus piernas. María se mostró dominada, tanto que permitió a José controlarla sólo con órdenes verbales, sin usar de la furia de las manos.

- Ya me la has puesto lo suficiente dura otra vez. Me gusta saber que hueles a mi semen, que quedan rastros de mi esperma por tu cara mientras me la sigues chupando.

María continuó con su actividad, simulando con conocimiento la posesión que le gustaba imaginar a José, obviando la sugerencia de dejar de meterse la polla, nuevamente tiesa en la boca, buscando con la falta provocar la rudeza de actos y órdenes verbales que continuarían marcando el dominio que sobre él sostenía.

- He dicho que dejes de chupármela, eres una puta viciosa –tiró José del cabello de María hasta apartarla de su polla- Ahora quiero que con los brazos en la espalda te levantes y te sientes encima de mí, metiéndotela toda en tu coño de puta.

María acató la orden con mirada bien intimidada, sin mirar a José, simulando ser la esclava que él soñaba tener.

- Así me gusta, de rodillas en el sillón de la vieja, a horcajadas sobre mis muslos hasta que sienta tu culo contra los huevos.

José se inició en percusiones pélvicas contra el peso de María, sujetándola por la cadera, alternando el tacto lascivo sobre el volumen de los senos, pinzando los pezones en estática posición mientras María cabalgaba sobre él.

- Ahora vamos a dar una vuelta –le dijo José mientras era levantada patosamente, sin sacar su verga de María- puedes sujetarte a mi cuello.

María se reía por dentro de la generosidad de José, muestra de su incapacidad por levantarla en equilibrio.

- Llévame al cuarto oscuro –susurró María montada en José.
- Buena idea, el mejor lugar donde después de saciarme de ti te dejaré como prisionera hasta que me den más ganas de tomarte –fantaseó José, quizá con cierto recuerdo del que no era consciente.

La pareja folló en su paseo hacia la puerta de la habitación. José empujó con la espalda la puerta, manteniendo el peso de María sobre él. Al cruzar el umbral buscó rápidamente pegar la espalda de ella contra la pared y acto seguido se aceleró en la alzada fornicación.
María, gozosa sin disimulo, activó su energía hasta el momento apagada en cuanto a la propia voluntad, se pegó a José para que la presionase más contra la pared y saltó frenética buscando empalarse contra la verga de él. Antes del orgasmo, la vista de María se ladeó para mirar fijamente, con sonrisa maliciosa, a otra persona.

La señora Paca se encontraba atada a una silla, con precinto en la boca y la imposibilidad sonora de auxilio que la ópera atropellaba, con su cuerpo grueso de piel arrugada desnudo y síntomas de haber sido torturada.

José soltó a María, en un final de agotamiento muscular que le llevó hacia la flexión de las piernas hasta agachar todo el cuerpo, buscando minimizar el cansino recorrido de la sangre hacia su cabeza.

María descendió segura y posó sus pies firmes contra el pavimento, esperando un desenlace aún por llegar.

Llegaba al fin el encontrar los ojos de José, mirándola, observando que los ojos de María irradiaban un dudoso origen de complacencia. María, en su posar de objeto, vestida con la dignidad que otorga el ser consciente de los actos realizados, la misma dignidad que acepta propios sacrificios, desvió la mirada por encima de la espalda de José.

José pensó por primera vez en lo que podía haber detrás de él. El escalofrío le regó la columna mientras se levantaba, desnudo y firmado de arañazos cuyo brote de placer empezaba a ser doloroso. Se tocó la espalda forzando el brazo, mientras miraba a María con exclamación al respecto de las marcas que le había dejado. Los regueros en la piel supuran.

- Mira detrás de ti –le dijo María, acompañando la frase con un indicativo del mentón.

El giro de José fue clásico en lentitud, temeroso de descubrir un mundo que rompiese con la gozosa y salvaje realidad. Son las sospechas hacia lo desconocido que otro nos indica, un momento de muerte en vida, pudiendo ser causa de resurrección la errada constatación o una sentencia con predicción.

El horror paralizó a José, no supo que hacer. La señora Paca le miraba con lágrimas, sonando, en sus oídos ya vacíos de María, el gemido de auxilio que estaba emitiendo la anciana vecina.
Despertado del brote sorpresivo buscó reaccionar.

Todo sucedió en segundos, cuando José se acercaba aún desnudo, supurante y oliendo a efluvios de María, para auxiliar a la señora Paca. Se inclinó sobre ella sin saber por donde empezar, no sabía si quitarle la mordaza, si liberarla de las cuerdas que forzaban los morados brazos y piernas a exhibir el cuerpo, si soltar las pinzas que rodeaban sus pechos, vientre, muslos y sexo, o secar con alguna prenda las ampollas rotas donde las quemaduras de algún cigarrillo habían decorado a capricho la piel.

María reaccionó con un grito de terror, pidiendo socorro mientras huía.

Los eventos acumulados en un mismo tiempo obligan a tomar una decisión, nunca lo suficiente correcta. José decidió vestirse los pantalones y salir corriendo detrás de María. Descalzo y desnudo de medio cuerpo bajó las escaleras detrás de la veloz gacela que no cesaba de pedir auxilio.

- ¡Socorro, Socorro… que alguien me ayude, por favor! ¡Auxilio, por favor, que alguien me salve! – gritó María por toda la solitaria escalera, alcanzando con las mismas frases el vestíbulo de entrada.

José intentó alcanzarla, buscó de manera innata detenerla para que no cayera por la escalera, para calmarla ante el horror que había descubierto en casa de Paca.

La mano de María se posó peligrosamente sobre el pomo de la pesada puerta con filigranas neoclásicas. La puerta se abrió lentamente, tirando María con ambas manos de ella, llevando la audible ópera a la calle.
José supo tarde que debía detenerse, la inercia con la que le arrastraba la primera voluntad, ciega a consecuencias, le llevó a pisar la nocturna acera, justo cuando conseguía con su mano sujetar el brazo de María.

- ¡Socorro… Socorrro… Socorro…! ¡que alguien me salve!, ¡me va a violar otra vez! – la evidencia del maltrato en el cuerpo desnudo de María, el gesto aterrado de ella, la sucia piel de ella, escrita obscenamente y con marcas de haber sido sujetada, acompañaban la llamada de auxilio que alteró al vecindario.

Los pocos transeúntes no dudaron en tirarse sobre José. Semidesnudo, fue reducido en la acera, no sin recibir algún doloroso golpe de justicieros sociales, junto a la rabia mal merecida de mujeres del barrio que bajaron en bata para defender la inocencia de la semejante.

María fue acogida en una farmacia próxima, le cedieron una chaqueta para recobrar la mínima dignidad, alguien le dio un vaso de agua, otras mujeres la abrazaron y consolaron mientras increpaban y pedían encerrar al violador José.

La policía llegó ardua al lugar. Los agentes tomaron declaración a María y luego subieron al tercero para comprobar lo referente a la señora Paca. En efecto, mientras el furgón policial se llevaba a José como la bestia a recluir en la que se había convertido, la policía descubrió el cuerpo sin vida de la señora Paca, torturada y asesinada por la espalda con un cuchillo de cocina.

No sólo la declaración de María fue causa suficiente para encerrar y tramitar juicio contra José, lo fueron también las pruebas que el forense encontró en el cuerpo de ella, de la lucha defensiva de María en el cuerpo de él, así como las huellas de José en el cuchillo de cocina, en las pinzas, las llaves y el adn de los tres filtros de cigarrillos hallados en el suelo de la habitación donde Paca sufrió y murió.

A media tarde del día siguiente, después de una larga declaración, llegó María acompañada por un coche policial, al portal donde finalizaron los hechos.

El coche policial se detuvo. María retrasó salir del vehículo. Mirando por la ventanilla, esperaba alguna pregunta del policía.

- ¿Quiere que la acompañemos arriba o que la llevemos a algún otro lugar?
- No. No, gracias, estoy bien, debo afrontar yo sola esto, ahora ya no corro peligro sin ese individuo en el edificio –contestó segura María.

María entró en el vestíbulo de planta baja. A una seña de estar todo correcto, el vehículo policial arrancó la marcha.

El vestíbulo y escalera del viejo edificio, libre de inquilinos, bautizaba con religioso silencio los oídos de María. Una virginal manera de volver, subiendo al ático por el conducto del ascensor, como si algún alma del pasado volviese al punto de donde no debía haber desaparecido.

María se miró en el espejo de la cabina, el sonido de las entreplantas marcaba el tiempo que aún le quedaba hasta llegar arriba. Sacó el pintalabios del bolso y perfiló de púrpura su boca. Un guiño así misma le otorgó el grado de justa perfección.

Al entrar y cerrar la puerta, la vivienda del turco seguía oliendo a exotismo, quizá un poco más intenso. María depositó las llaves en el recibidor, deshizo la cola de caballo frente al espejo, al lado de los Kilims, y sacudió el pelo hasta verse bonita. Luego se desvistió las ropas que el centro parroquial tenía costumbre ceder a la policía para ayudar a las mujeres en casos como el suyo.
María paseó por la casa acariciando las paredes, los marcos, hasta tomar posición frente la puerta de su habitación. Abrió la puerta. Dentro la esperaba un hombre, sentado al borde de la cama mientras fumaba un cigarrillo rubio.

- No te ha sentado nada mal estos tres días de sexo – le comentó el hombre mientras la observaba con pausa.
- Turco, ya sabes que a mí el sexo no me sienta nunca mal, vicio que me diste al conocerte.

María se dejo tocar por el Turco, se ofreció incluso, permitiendo que los dedos de él inspeccionaran su cuerpo, el interior del sexo.

- Al final nos hemos librado de todos – María le besó al terminar la frase.

El beso entre María y el Turco siempre estuvo lleno de complicidad, de niebla de amantes apasionados y sórdidos recuerdos.

- Ha sido un negocio para los dos, quizá más para ti, has sacado más que dinero de todo esto –comentó el Turco antes de besar los pechos que María le ofrecía al inclinarse.
- Esta misión de limpieza me la he tomado como algo personal –aseguró lo que el Turco ya sabía, mientras entre las piernas de él observa la verga enhiesta que ya sostenía entre las manos.

- Fue una suerte tenerte disponible para esta ocasión, el mercado no puede esperar –comentó con cierta pausa el Turco, al sentir que María empezaba a lamer y chuparle la verga- el viejo ese creía haberle metido un gol al banco, con la cláusula de ampliación temporal donde beneficiaba a su nieto.
- No se cómo lo haces, cada día la tienes más gorda –retomó María la polla en la boca.
- Ingenuo anciano, se creía que después de un pago vitalicio íbamos a esperar cinco años más, por si su nietecito precisaba tiempo para buscarse la vida –El Turco prestó de nuevo atención a María- Joder, esto si que es tragársela, ¿has estado practicando mucho?.

- La verdad es que –comentó María mientras con la polla de nuevo entre las manos iba observando el brillo y lamiendo el tallo a capricho- de no haber entrado en la casa del viejo antes del corderito de José, nunca hubiese conocido la verdad –María ejecutó una doble succión del hinchado capullo y continuó aclarando las motivaciones mientras el deseo de sus ojos se esparcía por los genitales del Turco- Cuando me hablaste de este edificio no pude decirte que no, este fue el último lugar donde perdí la pista de mi madre. Una nunca se queda tranquila cuando a los diez años se va su madre y no vuelve más, con mayor preocupación si ella se marchó para buscar el éxito interpretativo en su pasión por el teatro.
- Pobrecita mía – dejó una caricia el Turco en la cabeza de María, con el fondo de broma que existía entre ellos dos- mejor te consuelas pegándome un polvo.

- ¿Hoy no me atas? – cuestionó María mientras montaba de espaldas sobre el Turco.
- No, ya llevas demasiado trajín, hoy mejor te dejo libre de movimientos, así miro en el espejo el saltar de los pechos.

- Lo que más me jode es haberme perdido la cara de la puta vieja al verte entrar en su piso – dijo María, mientras con la mano sujetaba la verga con la que empezaba a penetrarse.
- Tampoco ha sido nada del otro mundo –intercambió conocimiento el Turco, al tiempo que sujetaba por las caderas a María- al salir el tipo detrás de ti he bajado, según lo previsto. Al verme, la vieja ha empezado a ladearse con cierta esperanza, a gemir en alto, por eso he tenido que subir más el volumen de la ópera. Luego ya ha visto que no iba a salvarla, los guantes en verano la habrán hecho sospechar antes de tiempo. Cuando le he mostrado el cuchillo se ha puesto muy tensa, tanto que una de las pinzas se le ha desenganchado del pezón.
- Ya decía yo que en las fotos de la policía estaba un poco asimétrica de pinzas, con lo maja que la había dejado –María comentaba mientras se clavaba hasta el fondo de la vagina la polla del Turco.

- Me hubiese entretenido más mirando tu obra de arte, pero siempre voy mal de tiempo –las manos del Turco sujetaron a María por el frente, llenándose las palmas con el volumen de los senos- así que, después de hacerle un guiño a la vieja, he esparcido por el suelo las colillas del cenicero que dejó el maldito pardillo, luego he dado la vuelta a la silla y le he clavado el cuchillo con todas las fuerzas a la altura del corazón. Ha muerto al acto.
- Eres una bestia –ya jadeando María.
- ¿Lo dices por esto? –el Turco levantó a María, empalándola gozosamente, sujetada bajo las caderas por los recios brazos al frente del vientre, con ansia de mantenerla en el aire, dirigidos ambos contra la pared cercana, sobre la que María se apoyó con acto reflejo.

Follar como follaban María y el Turco no es propio de una relación equilibrada, ambos ambiciosos de negocios, en esa ocasión también María de venganza, celebraron el éxito de la misión más compleja que jamás les había encargado la inmobiliaria.

A media noche desalojan el edificio, después de una frenética descarga de adrenalina inyectada en sexo que entre ambos podía existir sin acusación.

El Turco y María recogieron para destruir las posibles pistas que en un futuro pudieran abrir la innecesaria investigación al respecto de los otros asuntos de la comunidad. Aprovecharon la gestión de la policía, que continuaba tramitando una orden judicial para inspeccionar la vivienda de José, hecho retardado al ser el banco el real propietario que cedía el uso al nieto del fallecido anciano.

María volvió dos veces más al interrogatorio de la policía. Siempre dio la misma versión. Heredera de dotes interpretativas, se llenaba de veracidad con el interior recuerdo donde vio por última vez viva a su madre. Lógicamente María juro en falso sobre lo ocurrido, mantuvo durante el juicio toda su versión sin error alguno.

José fue condenado a cadena perpetua por asesinato y violación. María bajo del estrado por última vez con un alterado estado que supo interpretar a la perfección, aprovechando para influenciar al jurado cuando pasaba frente a ellos, girándose hacia al acusado para gritarle un desgarrador “Violador”.

El Turco sabía que aquella iba a ser la última vez que vería a María, su relación estaba excesivamente viciada y cargada de malas costumbres. En el fondo, el Turco quería a María, por eso la dejó marchar sin luchar, juntos nunca lograrían ese otro tipo de éxitos ajenos a los negocios.

María marchó al extranjero, sin paradero conocido, según el programa de victimas de violación. Hoy día intenta una nueva vida, con otro nombre. Le dijo al Turco la última vez en el ático, que tenía previsto un papel de actriz secundaria. Tampoco le dijo donde.

José fue encarcelado y después de un año se le sometió a un examen psiquiátrico del que se dedujo su reclusión en un sanatorio mental, tan injusta victima como lo fue la madre de María. Hoy día sigue siendo considerado por los psiquiatras como un violador potencial sin reinserción. Se pasa el día recitando frases de aquel día, frases de María que le vuelcan a la compulsiva masturbación en la celda donde vive y le vencerán los días.

Dos meses después de los atípicos acontecimientos que asolaron el barrio, el mismo día en que José fue declarado culpable e ingresado en prisión, las máquinas empezaron a demoler el edificio donde una inmobiliaria había ido comprando las partes individuales y comunitarias de la propiedad con el objetivo de construir un entrañable hotel de lujo. Las obras se retrasaron un tiempo, debido al cadáver de una mujer encontrada bajo el suelo del subterráneo.

Algún precio debía pagar la especulación.