Mi ‘modus operandis’ predilecto consiste en invertir unos minutos de baño con mucho jabón, las manos operativas y un bote de desodorante de spray, de los que tienen un diámetro de entre cuatro y cinco centímetros, para dilatarme el ano holgadamente. Entre el morbo de la penetración anal y lo bizarro de la situación, me quedo abierta como un buzón en un breve trozo de tiempo.
Una vez secada, me voy a la cama a ponerme a cuatro patas y a jugar con mis nalgas, abriéndolas con las manos y dejando mi socavón al aire en todo su esplendor, hasta que se aproxima el compañero de turno, se percata de la situación y me la clava sin más contemplación. Si acaso, facilitando la entrada con algún escupitajo sin mucho escrúpulo a modo de lubricante efectivo en momentos de improvisación con pocos recursos.











